Fueron los árabes quienes finalmente
perfeccionaron la destilación, creando la más potente de las
esencias. Durante la Edad Oscura europea, el mundo árabe,
afamado por sus exóticos perfumes, continuó perfeccionando sus
seductores aromas y sus mágicas pociones. El incienso, la mirra
y otras especias se importaban de La Meca para los químicos
árabes. Cierto Yakub al-Kindi de Bagdad, que vivió hacia el año
850, describió la destilación de almizcle y bálsamos en su libro
de perfumes y destilaciones.

Avicena, el príncipe de los farmacéuticos, e inventor del
serpentín refrigerado, fue el primero en destilar la esencia de
rosas, un proceso caro, ya que se necesitan mil Kg de pétalos de
rosa para preparar medio kg de esencia, (un litro de aceite de
rosas vale ahora cerca de 4 millones de pesetas). Avicena
pensaba que la esencia de rosas, cura segura para los problemas
digestivos, bien valía su coste.
Las rutas comerciales árabes hicieron de los aceites esenciales
un ingrediente clave para el comercio internacional : importaban
el bálsamo de Egipto, el azafrán y el sándalo de la India, el
alcanfor de la China, traían el almizcle por el Himalaya desde
el Tibet…
Los árabes empleaban las nuevas fragancias de un modo único:
•
Añadían almizcle al mortero para construir las mezquitas, de
modo que los edificios sagrados despidieran un olor acre al
mediodía.
• Usaban la esencia de rosas para perfumar los guantes de piel
que vendían a las clases altas europeas.
Un hecho histórico, de importancia para Occidente, fue en el
siglo XII, época en la que se realizaron “las cruzadas”, con el
establecimiento de lazos, vínculos y el consiguiente crecimiento
de las redes comerciales con Oriente Medio. Estos hechos
ampliaron y combinaron los conocimientos y las técnicas de
herbolarios y perfumistas.
Los
cruzados aprendieron de los árabes avanzados métodos para la
destilación de esencias y llevaron a sus países estas técnicas.
En la Edad Media las cofradías de boticarios se habían
establecido en el norte de Europa y, las especias y aceites
esenciales importados de Oriente mejoraron la calidad de vida,
al mismo tiempo que elevaron la tasa de supervivencia.
Durante la Peste Negra se quemaba incienso resinoso de pino,
ciprés y cedro en las calles, en las habitaciones de enfermos y
en los hospitales. Los perfumistas que proveían el incienso
aparentemente fueron inmunes a la virulenta enfermedad, que
aniquilo a un gran porcentaje de la población. Hoy día tenemos
pruebas científicas de la acción antibacteriana de estos aceites
antisépticos naturales.
Durante el siglo XV, los aceites esenciales continuaron
influyendo en la salud y felicidad de Europa. Algunos
perfumistas no sólo creaban seductores aromas sino también
mortíferos venenos. Catalina de Medicis, al casarse con el rey
de Francia, llevó con ella a su perfumista para, en caso de
necesidad, enviar algunos guantes envenenados a sus enemigos.
Aparte de uno que otro complot maquiavélico, las esencias
sirvieron a la buena causa de luchar contras las infecciones. Un
medicamento favorito, "el vinagre cuatro ladrones", (una mezcla
de ajenjo, romero, salvia, hierbabuena, lavanda, canela, clavo
de olor, nuez moscada, ajo y alcanfor, macerada en vinagre
rojo), se friccionaba por todo el cuerpo para mantener a raya la
enfermedad.
Los conquistadores europeos descubrieron nuevas plantas
medicinales durante la etapa de exploración. Los españoles
quedaron boquiabiertos ante los jardines botánicos de Moctezuma,
los cuales proveían a los médicos aztecas de materia prima para
sus fórmulas medicinales.
En Norteamérica, los colonos blancos adoptaron muchas de las
curas herbarias de los nativos. Los indios iroqueses, por
ejemplo, bebían infusiones de picea, muy rica en vitamina C,
para prevenir el escorbuto. Otras tribus usaban la dirca
palustris y la zarzaparrilla como medicinas; en 1708 aún se
utilizaban estas sustancias para aliviar el dolor de las
úlceras, las hemorroides y el cáncer.
Durante
los siglos XVII y XVIII la media de muertes infantiles durante
el parto era menor entre las mujeres indias que entre las
europeas. Las indias bebían té de "cohosh" azul. Se ha
descubierto que éste contiene caulosaponina, la cual provoca
fuertes contracciones uterinas, asegurando así un parto fácil.
También usaban plantas como el jengibre silvestre, poderoso
antibiótico, para protegerse durante el parto.
A mediados del siglo XIX comenzaron investigaciones científicas
en Europa y Gran Bretaña para determinar el efecto de los
aceites esenciales sobre las bacterias en los seres humanos.
Investigadores franceses, por ejemplo, comprobaron que la
esencia de clavo ataca al bacilo de la tuberculosis, y que la
esencia de tomillo en una solución al cinco por ciento puede
vencer al tifus y otras bacterias en menos de diez minutos. Hoy
en día muchas casas de cosméticos usan el timol, agente
antibacteriano inofensivo a los tejidos.
Durante miles de años las plantas, en forma de aceites
esenciales, ungüentos, inciensos e infusiones, sirvieron no sólo
para proporcionar placer y bienestar sino también para combatir
la enfermedad. Cuando apareció la medicina moderna, sin embargo,
la gente empezó a confiar en la rápida acción de los
antibióticos y otros productos farmacéuticos. Aún cuando las
"drogas milagrosas" han traído enormes beneficios, su uso
condujo al alejamiento del mundo de las plantas y a la pérdida
del beneficioso contacto con los sanadores, sin mencionar el
placer de tocarse y sanarse mutuamente.
Las sustancias sintéticas, que a menudo conllevan efectos
secundarios alergénicos, reemplazaron a las naturales no sólo en
los medicamentos sino también en los perfumes.
Afortunadamente, algunos astutos investigadores franceses
impidieron que la antigua tradición de la cura aromática se
desvaneciera en el olvido. Un ejemplo de esto es que a
principios del siglo XX, año 1.937, un químico francés, René
Gattefossé, introduce el término “aromatherapie”, de una manera
un tanto “accidental”, ya que observó los poderes antisépticos y
cicatrizantes del lavanda, a raíz de aplicárselo el mismo tras
sufrir una quemadura en su mano.


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